El mandatario estadounidense Donald Trump, conocido por su agresividad en redes sociales contra quienes lo critican, ha sorprendentemente evitado responder a las recientes sátiras del programa animado “South Park”, que lo han representado de manera cruda y humorística. A pesar de las mordaces imitaciones y parodias que han marcado su presidencia, el equipo detrás de la serie, Trey Parker y Matt Stone, parece inmune a las habituales arremetidas del presidente.
Desde el inicio de su mandato, “South Park” no ha escatimado en ridiculizar a Trump, presentándolo en situaciones incómodas, como un actor desnudo en el desierto o incluso como el padre del Anticristo. Estas representaciones, que incluyen intentos de aborto y relaciones extramaritales con personajes ficticios, han sido particularmente picantes. Lo llamativo es que, a diferencia de su reacción contra otros comediantes y figuras públicas, Trump ha permanecido en silencio ante estas críticas, pese a su historial de responder a cualquier comentario que hiera su ego o contradiga su agenda política.
Expertos y figuras del mundo del entretenimiento sugieren que la clave de esta aparente inmunidad reside en el éxito masivo y la rentabilidad del programa. El comediante Patton Oswalt, en una reciente entrevista, señaló que Trump respeta el poder del dinero y las altas audiencias. “South Park” no solo genera ingresos “insanamente altos”, sino que también ostenta “ratings insanos”, factores que, según Oswalt, el presidente valora por encima de cualquier ofensa personal.
Las cifras respaldan esta teoría. El estreno de la última temporada de “South Park” atrajo a 5.9 millones de espectadores en sus primeros tres días, siendo el mejor estreno desde 1999. Episodios posteriores han duplicado esta audiencia. Además, Parker y Stone se han convertido en multimillonarios gracias a un lucrativo acuerdo con Paramount, asegurando la continuidad del programa y su influencia. Esta combinación de éxito comercial y creativo parece ser el escudo que protege a “South Park” de la furia presidencial, demostrando que, en el mundo de Trump, el poder económico y la popularidad masiva pueden silenciar incluso a sus críticos más feroces.































