La decisión de ABC de reinstalar a Jimmy Kimmel Live! el martes, apenas seis días después de retirar el programa de entrevistas nocturno, ha avivado el debate internacional sobre la libertad de expresión, la independencia de los medios y el papel desmesurado que desempeñan los presentadores de entrevistas estadounidenses en la vida política. Lo que no ha logrado, fuera de EE. UU., es generar muchas risas.
En Estados Unidos, el late night ha sido durante mucho tiempo más que entretenimiento. Desde Johnny Carson y David Letterman hasta Jon Stewart, Stephen Colbert y Kimmel, los presentadores han utilizado sus monólogos —protegidos por la Primera Enmienda y transmitidos a millones— para dar forma a la agenda política. En ningún otro lugar ha echado raíces ese modelo.
En Europa, la sátira prospera pero en otros términos. Jan Böhmermann en Alemania, El Gran Wyoming en España, Yann Barthès en Francia, Maurizio Crozza en Italia y el comediante holandés Arjen Lubach comparten rasgos con sus homólogos estadounidenses, pero ninguno tiene una influencia comparable. En Gran Bretaña, el humor político se limita a programas de panel semanales como Have I Got News For You en lugar de escaparates de celebridades nocturnos como The Graham Norton Show. Estos programas pueden ser agudos, incluso ofensivos, pero rara vez alteran el rumbo político.
La mayoría se emiten semanalmente, lejos del torbellino del ciclo de noticias y pocos tienen una audiencia que iguale a la de sus contemporáneos estadounidenses. Como bromeó Böhmermann en su programa el viernes pasado: “¡Somos demasiado pequeños para cancelar!”. Ese contraste ayuda a explicar la respuesta global a la suspensión de Kimmel. En Europa, el asunto se consideró menos un espectáculo secundario cómico que una advertencia.
Böhmermann se burló de la decisión antes de pasar a una canción parodia con niños cantando frases como “encuentra la línea y síguela”. El sindicato de periodistas de Alemania adoptó un tono más serio, calificando la suspensión como evidencia de una “erosión de la libertad de prensa” y pidiendo a las cadenas estadounidenses que resistan la presión política. En España, El Intermedio respondió con una fuerte ironía.
En otros lugares, la reacción fue más contundente. Quotidien de Francia y los principales periódicos vincularon la decisión con la influencia de Trump en la FCC y los intereses corporativos de Disney. El Corriere della Sera de Italia calificó la suspensión como “un resumen de casi todos los problemas de Estados Unidos”, mientras que La Repubblica la calificó simplemente de censura.
ABC puede haber esperado que el regreso de Kimmel pusiera fin al asunto, pero, al menos a nivel internacional, el incidente dejó una marca más profunda. Durante décadas, los presentadores nocturnos estadounidenses han sido vistos por muchos —al menos entre las élites de habla inglesa que los siguen— como el símbolo más claro de la libertad de expresión estadounidense en acción: comediantes con la licencia nocturna para burlarse de los presidentes y socavar el poder político sin temor a represalias.
La abrupta suspensión de Jimmy Kimmel Live! sacudió esa creencia. Para esos fanáticos globales, el asunto Kimmel cristalizó una preocupación mayor: si la sátira política puede ceder ante la presión en EE. UU., ¿qué posibilidades tienen los países donde la tradición es más débil y las protecciones mucho más delgadas?































