La película “Motor City”, presentada en el Festival de Cine de Venecia, intenta un audaz ejercicio de thriller de venganza ambientado en los años 70, destacando por su casi ausencia de diálogos. A pesar de contar con Alan Ritchson y Shailene Woodley, la cinta de Potsy Ponciroli se debate entre una ejecución estilizada y un guion predecible.
La trama se centra en John Miller (Ritchson), un hombre común que se ve envuelto en las redes de un peligroso narcotraficante (Ben Foster). La película arranca con una secuencia de acción intensa y violenta, mostrando a Miller deshaciéndose de un cuerpo y enfrentándose a criminales en las calles de Detroit. La narrativa salta en el tiempo, revelando el romance de Miller con Sophia (Woodley) y su posterior encarcelamiento por cargos falsos orquestados por el traficante.
El principal atractivo de “Motor City” es su apuesta por el cine mudo, apoyándose en la música de la época y coreografías de acción bien logradas. Sin embargo, la falta de desarrollo de personajes y la dependencia de estereotipos del género de crimen limitan su impacto. Las actuaciones, aunque sólidas en algunos casos como la de Ritchson, se ven mermadas por roles poco profundos, especialmente en el caso de Woodley y Foster, quienes interpretan personajes poco convincentes.
En resumen, “Motor City” es un ejercicio estilístico que, si bien logra momentos de tensión y acción, se ve lastrado por un guion débil y personajes planos. La película ofrece una experiencia visualmente atractiva pero narrativamente insatisfactoria, dejando al espectador con una sensación de potencial desaprovechado.































