El documental “This Is Not a Drill”, dirigido por Oren Jacoby, se presenta como una inspiradora crónica de tres activistas medioambientales que desafían a las grandes corporaciones petroleras. La película, que se esperaba que se estrenara el otoño pasado en el Festival de Cine de Telluride, ofrece ejemplos de coraje individual y determinación colectiva frente a adversarios con vastos recursos y apoyo institucional. Sin embargo, su lanzamiento tardío y el contexto político actual transforman la narrativa, añadiendo capas de complejidad y fragilidad al progreso.
La cinta sigue los pasos de tres figuras destacadas en la lucha por la protección del medio ambiente. Justin J. Pearson, un joven graduado universitario, se convierte en un líder comunitario en Memphis al organizar la oposición a la construcción de un oleoducto que atraviesa un área históricamente desfavorecida y de mayoría afroamericana. Su activismo se centra en combatir el racismo ambiental, y Pearson es también conocido por su breve expulsión de la Cámara de Representantes de Tennessee en 2023 tras participar en una protesta por el control de armas.
Por otro lado, Roishetta Ozane, madre de seis hijos, se muda a Luisiana y se enfrenta directamente a los devastadores efectos de huracanes sin precedentes. Al cuestionar la conexión entre las refinerías cercanas y las tormentas, emprende un viaje para educarse y educar a su comunidad sobre el cambio climático, aprendiendo sobre cabildeo y divulgación.
Sharon Wilson, quien anteriormente trabajó en la industria petrolera en Texas, abandona su puesto y se muda a una zona rural donde la fracturación hidráulica (fracking) comienza a impactar la región. Al observar cómo el agua de su casa sale negra, se convierte en una crítica acérrima de la industria, utilizando una cámara infrarroja y plataformas en línea para documentar las emisiones de metano y concienciar sobre sus consecuencias, incluso enfrentando amenazas de muerte.
Aunque cada uno de los protagonistas representa un tipo distinto de activismo –la pasión comunitaria de Pearson, la curiosidad transformadora de Ozane y la indignación informada de Wilson–, sus historias, aunque interconectadas en espíritu, no se entrelazan narrativamente de manera profunda. El documental también introduce, aunque sin desarrollarlos plenamente, a herederos de la familia Rockefeller que financian causas ecologistas, una subtrama que diluye el enfoque en los activistas principales.
La película concluye con una aparición de Al Gore, quien respalda la labor de Pearson, enfatizando la importancia de las voces de base en la lucha por la sensatez ambiental. No obstante, el documental, al intentar capturar un momento de triunfo, se ve superado por la realidad de un panorama político y regulatorio en constante cambio, lo que genera una sensación de oportunidad perdida y una adaptación insuficiente a los desafíos actuales.































